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Fotografía. Un matrimonio abrazándose con una cortina de plástico, parte del protocolo anti COVID, separando sus cuerpos.

Ciudades pospandemia #12

lunes, 31 de mayo, 2021

«Entre la salud y las formas de habitar existen, estrechas relaciones. La arquitecta y experta en Accesibilidad Universal, María Gironza [Cazapeonzas], comparte el giro que realiza en su vida al adquirir una cultura de la diversidad. María Gironza es la fundadora de Cazapeonzas, un proyecto cultural que genera contextos de convivencia -inclusivos y creativos- donde se pone en valor la diversidad.

En Ciudades Pospandemia, María comparte el giro que realiza en su vida al adquirir una cultura de la diversidad. Estos saberes también orientan hoy su visión sobre la arquitectura y sus principios fundamentales -como el construir- que deben adaptarse a las necesidades de las personas, y no al contrario.» (MUSAC, Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León)

00:00:00 Hola, antes de nada, muchas gracias al MUSAC, gracias Eneas y Kristine por invitarme a formar parte del programa Ciudades Pospandemia, y gracias también a ti, gracias a cada una de las personas que ahora me estáis escuchando y me regaláis lo más valioso, un rato de vuestro tiempo. GRACIAS.

Muchas veces contemplo como se ha ido trazando mi vida y realmente me sorprendo viendo esas señales que han aparecido en el momento justo y que han hecho que mi vida fuese por caminos inesperados. Han sido muchas las personas, situaciones o circunstancia que me han hecho girar, y en el fondo reencontrar mi camino. ¿Serán fruto del destino o de la casualidad? Sea motivo de una u otra cosa, el dibujo de cada una de nuestras vidas es apasionante y cada señal, un aprendizaje.

Mientras estudiaba arquitectura conocí a Carmen, una mujer maravillosa, una luchadora incansable que en uno de esos giros de su vida, tuvo que sentarse en una silla de ruedas de la que nunca más se levantó. Recorriendo la ciudad con ella pude ver las barreras tan injustas a las que se enfrentaba a diario y un sentimiento de responsabilidad gigante me invadió.

Y es que los arquitectos y arquitectas hacemos ciudad, y la ciudad está habitada por muchas personas diferentes, personas que nacen, crecen y mueren. Vamos, personas cambiantes que pasan por muchas etapas, trazos, giros y necesidades. Sin embargo, durante la etapa en la que estudié arquitectura no teníamos apenas representación ni contacto con esta diversidad, ni estudiábamos nada sobre el tema. En ningún momento se tenía en cuenta el diseño para todas las personas ni la accesibilidad universal, vamos, ni siquiera se mencionó. Trabajábamos diseñando desde nuestra propia vivencia neurotípica.

Y aunque centré mi carrera y proyecto final tratando de diseñar lugares más amables para Carmen y tantas otras personas que fui conociendo, terminé sintiendo que me quedaba mucho por aprender sobre distintas percepciones y vivencias para, en mis proyectos, no dejarme gente fuera.

Con esta inquietud me fui a vivir a Londres y tuve la oportunidad de trabajar en un centro de día al que acudían personas con discapacidad intelectual y después en una residencia de mayores. Al volver a España, me especialicé en Accesibilidad Universal y empecé a formar parte de ASEPAU, la Asociación Española de Profesionales de la Accesibilidad Universal. Poco después, empecé a trabajar en uno de los centros de neuro-rehabilitación de Polibea, dentro del taller de Manualia.

Durante el tiempo en el que estuve en el centro reflexioné sobre lo afortunada que era conviviendo y aprendiendo con personas con discapacidad, y que esa suerte había tenido que buscarla intencionadamente yendo a lugares, centros y actividades específicas.

En ese momento, me di cuenta hacia dónde tenía que seguir trazando mi vida, debía trabajar para juntar a la gente.

Durante el embarazo de mi segundo hijo, me lancé a montar Cazapeonzas. Casi podría decir que tuve mellizos. Crecía vida y crecía ilusión. Crecía esperanza de que mis hijos creciesen en una sociedad en la que la inclusión es una realidad. Soñaba y sueño con transformar miradas, porque las barreras más grandes que existen, más difíciles de derribar y que nos separan son las barreras mentales.

Para entender que las personas somos seres únicos, todas esenciales y todas especiales, no sirven las palabras, necesitamos vivenciarlo. Necesitamos convivir para enriquecernos todos, es importante que la diversidad y las distintas necesidades sean visibles y, de esta forma, se tengan en cuenta en todos los diseños. Y no sólo porque tengan ese derecho por ley y estemos constantemente discriminando y excluyendo, sino porque al conocernos, comprendamos que es mejor para cada una de las personas, que es mejor para todos.

Cazapeonzas nació con ese objetivo, generar esos contextos, utilizando unas herramientas irresistibles que inviten al vínculo: la cultura, el arte, la arquitectura, el juego y la experimentación.

A los pocos años del parto, alquilamos un pequeño local con un alma gigante en el que todo lo que soñábamos podíamos hacerlo real. Entre esos múltiples sueños materializamos, junto con mi amiga Verónica, los Desayunos con amor para mujeres valientes y el miércoles 4 de marzo de 2020, saboreamos el que pensábamos que sería el primero y fue el último desayuno en Cazapeonzas. Sin saberlo, ese desayuno era una despedida; sin saberlo, estábamos preparándonos para un cambio radical en nuestras vidas. Y, sin saberlo, el álbum ilustrado que leímos y comentamos nos hablaba de la que estaba a punto de caer.

El álbum era Buscar, de Olga de Dios. En él aparece Bu, un personaje que se pasa la vida caminando, mirando al suelo, «buscando, buscando, buscando», sin enterarse de todo lo que hay alrededor de él, hasta que un día le cae una gran caca en la cabeza y le hace levantar la vista. Y descubre el maravilloso mundo que tiene alrededor.

A los pocos días de ese desayuno, una gran caca, una gran mierda llamada COVID, cayó al mudo. Y cayó sobre cada una de nuestras cabezas. Desde la revolución industrial, la especie humana se ha ido acelerando cada vez más. Hemos llegado al punto de llevar vidas frenéticas con agendas desbordadas, listas de tareas infinitas, relojes llenos de alarmas: «buscar, buscar, buscar…».

Esta vida líquida nos hace olvidar lo que de verdad importa y poder disfrutarlo. Por lo general pienso que, cuanto más acelerada está una sociedad, más individualista se vuelve. No hay tiempo para pensar en nada, en nadie; sólo hay que correr y correr y como nuestro personaje Bu: buscar, buscar y buscar.

Vivir rápido nos hace olvidar que lo más maravilloso que tenemos está muy cerquita y dedicamos todo nuestro tiempo a trabajar para conseguir llegar lejos.

A mí, me apasiona mi trabajo, ¿Acaso no es apasionante trabajar mano a mano con distintas personas y tratar de transformar miradas a través de la cultura, el arte, el juego? ¿No os parece apasionante? Pero.., claro, cuando llenas tu apasionada agenda hasta arriba preparando actividades de juego y te quedas sin tiempo para jugar con tus hijos. Ummm ..., ¿hasta qué punto es apasionante tu vida? ¿Cuánto tiempo quieres vivir así? Y es que vivir rápido nos confunde los sueños y también nos hace olvidar que nuestra apasionante vida tiene fin.

Cuando el Covid conquistó nuestro planeta, nos obligó a parar en seco, a dejar de «buscar y buscar», y nos tuvimos que aislar y reflexionar sobre nuestra fragilidad. Poniendo a las personas en el centro de nuestras vidas.

Nos necesitamos unos a otros. Necesitamos sentirnos, necesitamos estar cerca, que nos escuchen y comprendan. Las personas nos necesitamos, todas. Y necesitamos a esta diversidad en su sentido más amplio: género, generacional, funcional, cultural… Porque son nuestras diferencias las que nos enriquecen, nos hacen aprender y juntos, construir una sociedad mejor.

Parar nos obligó a vivir el presente y a no pensar en qué haríamos mañana ni dónde iríamos en verano. Tristemente veíamos como crecían las cifras detrás de las que había tantas personas, a las que de pronto la vida llegaba a fin. Sin nada, sin nadie.

Y por eso, ya, necesitamos poder juntarnos, disfrutarnos, enriquecernos, de la forma que sea. Este es un momento perfecto para DEJAR DE BUSCAR, dejar miedos atrás y dar amor a los que tenemos junto a nosotros. Dejemos de ansiar o preocuparnos por un futuro que no sabemos si existirá. Estamos aquí, ahora, disfrutando plenamente de tantas cosas valiosas que habíamos olvidado. Como pisar la hierba con los pies descalzos; el sonido de los pájaros; el calor del Sol sobre la piel; mirar cada noche la luna y, también, escribir, dibujar, bailar. Pero sobre todo, disfrutar compartiendo todo esto con los que más queremos.

Ah, y también algo muy importante, que muchos habíamos olvidado: dedicar tiempo para escucharnos a nosotros mismos.

Yo me he dado cuenta que esos mellizos que tuve necesitan su tiempo y atención especial, cada uno de ellos. Y por eso es importante ahora acotar y acortar tiempos de atención plena. Mis mellizos son muy intensos y, durante el confinamiento e incluso antes, tendía a juntarlos, pretendía trabajar y estar con mis hijos al mismo tiempo. Y realmente no podía atender a ninguno.

Esto hacía aumentar mis niveles de estrés, seguidos de una gran culpa que tantas mamás llevamos a cuestas. Mis mellizos, tras este tiempo, siguen siendo intensos, sin embargo creo que yo he cambiado. Ahora trato de no mezclarlos y establecer ese tiempo tan necesario de atención plena a cada uno.

Y bueno, pasa el tiempo y, de vez en cuando, parece que vuelvo a acelerar pero me veo en el espejo esa gran caca que cayó sobre mi cabeza y ralentizo.

Y aunque mi cuenta corriente diga lo contrario, me he convertido en millonaria. Siento que ahora controlo yo mi vida y no me controla la cuenta a mí. Trato de hacer con mi vida y mi tiempo lo que más deseo y soy más consciente de la belleza que tengo alrededor. Trato de saborear la vida y poner más amor en cada cosa que hago, como si cada una fuese la más importante de mi vida.

Y creo que por fin hemos hecho visible que nuestra forma de habitar y vivir se tambalea. Que lo que más nos importa a todos es nuestra familia, que está formada por personas diversas que se necesitan y necesitan más que nunca encontrar la forma de derribar todas las barreras y juntarse.

Y bien ¿dónde podemos reencontramos ahora...? ¿En una plaza quizá? ¿En un parque? ¿En un museo...? Y esos lugares ¿pensáis que hacen todo lo posible para facilitar que disfrutemos de tiempo de calidad juntos independientemente de nuestra edad, género, capacidades, etc.? ¿O cómo pensáis que se podría mejorar y fomentar la participación en igualdad de condiciones de la diversidad de personas? ¿Qué podemos hacer nosotros para que nuestro espacio sea más amable y accesible?

Éste es un momento crucial para reflexionar sobre 'para quién se diseña'. Llevamos demasiado tiempo mirando al suelo, 'buscando, buscando…' y haciendo ciudades que no facilitan nuestro encuentro e, incluso, discriminan a algunas personas restringiendo su uso y participación. Tenemos asignadas formas de vida, formas de habitar específicas en las ciudades, que quizás no son las que queremos. Una ciudad llena de piezas de arquitectura pensadas para contemplar, y no para habitar.

¿Nos ayudará esta caca a cambiar? Para transformar y 'amabilizar' nuestra ciudad, tendríamos que mirar a cada lugar específico, pero sin duda hay algo que es común a todos. Para implementar mejoras para la diversidad, debemos trabajar mano a mano con la diversidad. Debemos posibilitar la participación activa de personas con discapacidad, y no sólo como asistentes, también como promotores, creadores.

Hemos diseñado mucho tiempo pensando en globalización, estandarización, y ahora tenemos que centrar nuestros esfuerzos en diseñar para personas únicas. Por lo que deberemos ofrecer múltiples posibilidades, ser flexibles, adaptables y muy creativos.

También es importante esforzarnos en que el trabajo que hagamos sea visible. Y de esta forma conseguir, por un lado, compartir conocimiento y buenas prácticas con otros lugares con los que retroalimentarnos. Y, por otro, aumentar la participación, que hay muchas personas con discapacidad que no acuden a los distintos lugares porque, además de suponer para algunas un sobreesfuerzo, dan por hecho lo que es habitual: que no será accesible para ellas.

Debemos recordar que la discapacidad surge en una interacción entre una persona y un entorno, producto, servicio. Y si la discapacidad es una relación entre personas y entornos, ¿no será mejor tratar de resaltar esas etiquetas en los entornos, en vez de en las personas?

Durante la pandemia hemos vivido como la tecnología, por un lado, a personas que tenían una discapacidad reconocida les ha dado alas, les ha dado la capacidad de participar en actividades que de otra forma no habrían podido. Y, sin embargo, ha discapacitado a muchas personas que no tenían reconocida una discapacidad, como a muchos profesores y profesoras que tras años de trabajo talentoso han tenido que darse de baja por ansiedad, por no poder adaptarse a la nueva situación tecnológica. Y otras personas como yo, que no hemos sido capaces de realizar trámites administrativos muy sencillos ya que sólo se puede acceder por no sé cuántas plataformas digitales incomprensibles.

Fijaos, recibí un requerimiento hace cosa de un año en el que decía que nuestra asociación Braining mum, una asociación de apoyo a la crianza de mamás con DCA, debía tener nombre en castellano para poder tramitarse el alta. Este nombre lo eligió Celi, la presidenta de la asociación, y es un híbrido entre «Brain» y «train», dos palabras en inglés que significan «cerebro» y «entrenamiento». Un nombre que no tiene traducción al castellano, pero no hemos sido capaces de solucionar, porque sólo se puede acceder a través de estos documentos electrónicos y no hemos conseguido contactar con nadie … En fin, finalmente tendremos que contactar con un gestor que nos ayude a solucionarlo.

Para alguna de las mamás de Braining mum también ha supuesto un gran alivio no tener que desplazarse a los centros de rehabilitación y recibir esa rehabilitación en su propia casa. Aunque, desafortunadamente, han sido más las que no han podido acceder a las terapias suponiendo este tiempo un gran retroceso.

Bueno, quería concluir pidiendo que seamos creativos y que aprendamos de esta caca que nos ha derrumbado un sistema estático que teníamos muy interiorizado y dábamos por valido. La diversidad no tiene fin, no es estática; es infinita y el camino por recorrer también lo es, además de precioso. Por cierto, Bu, nuestro personaje, nunca se quitó la caca que tenía sobre la cabeza. Siguió disfrutando del mundo con ella, para no olvidar. No volvamos a acelerarnos ni olvidemos que necesitamos a nuestra familia. Necesitamos a la diversidad para ser una sociedad mejor. Nos necesitamos.

00:16:08 MUCHAS GRACIAS.

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